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Le llamábamos Bauti, pero se llamaba Bautista. Era el niño más ingenioso del colegio. Estudiaba bastante, aunque no tanto como alguno. Era puntual casi siempre, pero tenía alguna falta. Y, en conducta, sin ir mal, ni mucho menos, se ganaba de cuando en cuando una advertencia o una nota desfavorable, porque se distraía con sus investigaciones, que no cesaban ni a la hora de las clases. Me explicaré: Bauti era uno de esos  niños que caen bien siempre entre los colegiales y no tanto entre los profesores porque esto de ser buen compañero no es una cosa muy fácil, y lo de ser divertido y capaz de despertar constante simpatía entre los niños no es lo mismo que ser el preferido del profesor. Total, que nunca llegó al primer puesto de la clase, pero era delegado permanente. Este cargo se concedía por elección y dependía de los votos de los propios alumnos.

Íbamos al mismo colegio los niños de dos pueblos cercanos. Eran dos aldeas de la montaña que estaban bastante cerca. Pero había iglesia sólo en una. Y escuela, también. En la misma. Por eso los que vivían en Campoverde, que no tenía ni iglesia ni escuela, guardaban cierto rencor a los de Campollano. Y estos envidiaban a sus vecinos porque en Campoverde había más agua y llegaba mejor a las huertas y la riqueza del campo era mucho mayor.

Bauti era de Campollano. Yo de Campoverde. Siempre fuimos muy amigos y yo le admiraba mucho. Él se aprendía las lecciones enseguida y todos estábamos seguros de que si hubiera querido, se habría puesto el primero en un periquete. Lo que pasa es que Bauti andaba siempre con sus imaginaciones. Creía firmemente que el mundo andaría mejor si hubiera más inventos y le extrañaba mucho que no estuvieran todos los hombres dedicados a inventar. Un día nos decía:

   - ¿No os parece que es una lata eso de tenerse que pelar una por una las pipas del girasol?

      Yo voy a inventar un aparato pelapipas.

Otra vez se le ocurrió un procedimiento rápido para estudiar francés y dominarlo en dos días. Llegó a decírselo al profesor.
Yo me aprendo cómo son las letras del alfabeto español en francés. Luego, si quiero decir "mesa" en francés, busco cómo es  en francés la m, cómo la e, cómo la s. cómo la a, y ya está.
Claro que esta tontería la inventó al poco rato de estar en clase, cuando ninguno sabíamos nada y el profesor nos dijo que un día a la semana íbamos a estudiar un poco de francés.

Bauti era un delegado estupendo. Incapaz de delatar a nadie. Y cuando el profesor salía de la clase y le encargaba que apuntaran a los que habían sido malos en su ausencia, ninguno nos atrevíamos a movernos, porque sabíamos que todas las culpas de lo que ocurriera se las llevaría él, sólo por defender a los demás.

Los niños de Campollano y los de Campoverde nos veíamos todos los días pero nuestros padres no. No se lo que pasaba que andaban siempre riñendo por cosas que los niños no entendíamos y en todas las casas de un pueblo molestaba que se hablara de lo que pasaba en las casas del otro. Muchas veces los mozos de un lugar y los de al lado llegaron a las manos. Y, poco a poco, los vecinos de Campoverde dejaron de ir a la iglesia porque estaba en el término de Campollano. El señor cura fue casa por casa de los de Campoverde a ver si los convencía, pero todo fue inútil.

   - Así empiezan las guerras entre los hombres -decía el señor cura en el púlpito-.
 - Así empiezan las guerras entre los hombres - decía el señor maestro cuando hablaba de la enemistad entre los dos pueblos.

Las mujeres de Campollano venían a Campoverde a comprar verduras, patatas y fruta. Y también carne, porque en Campoverde  era mejor. Las mujeres de Campoverde iban a Campollano a comprar todo lo que se vende en las tiendas de comestibles porque en Campollano había dos muy grandes en las que tenían de todo. También vendían telas, jabón y alpargatas.

El padre de Bauti era el dueño  de una de esas dos tiendas. Un día, dos mozos de Campoverde que estaban medio borrachos le empezaron a decir cosas y le llamaron estraperlista y no se qué más. Y el padre de Bauti, haciendo una cruz con los dedos, "juro por estas que no volveré a vender ni una lenteja a las mujeres de Campoverde."
Y cuando las mujeres de Campollano fueron al otro pueblo a comprar verduras, resulta que no les quisieron vender ni una hoja  de lechuga. Las cosas se pusieron de tal manera que no había ni un solo vecino de cualquiera de los dos pueblos que fuera capaz de traspasar el término del otro. Únicamente, los niños de Campoverde seguían yendo al colegio porque -según oímos a alguien- los niños no tenían que ver con todo aquello y debían seguir asistiendo a la escuela pero sin que ningún mayor les acompañara. De modo que los niños mayores íbamos a buscar a los pequeños y todos los días formábamos una pequeña expedición para ir junto al pueblo vecino.

Bauti por entonces, cuando nos veía llegar asomado a la ventana de la clase que daba al camino de nuestro pueblo, siempre quedaba pensativo y decía:
  - Esto hay que arreglarlo.

Sólo parecía haber tres personas que se ocuparan de la gravedad de la situación:
El señor cura que predicaba desde el púlpito: "Así empiezan las guerras entre los hombres..."
El señor maestro que decía más o menos lo mismo.
Y Bauti que repetía todas las mañanas con la frente apoyada en los cristales: Esto hay que arreglarlo.

Se acercaba la Navidad. Y un día se armó una buena. Con la disculpa de que los caballos de un vecino de Campollano habían estropeado unas plantaciones de coles de Campoverde, el dueño del sembrado dio palos al pastor del otro pueblo. Y luego hubo una pelea en pleno campo en la raya de separación de los dos pueblos que dio como resultado varias costillas y cabezas rotas.

A la mañana siguiente en el colegio los niños estábamos serios y preocupados. El padre de alguno se había quedado en cama con las consecuencias de los golpes. y unos y otros nos mirábamos sin entender.
El maestro salió un momento de la clase y Bauti, como otras veces, fue el encargado de mantener el orden. De pronto, dos niños del ùltimo banco empezaron a discutir.
  - Pues mi padre no insultó a nadie.
  - Al mío le pegaron primero.
  - Lo que pasa es que los de Campoverde sois unos gallinas...
  - Y los de Campollano...

Para qué seguir. Lo que nunca había pasado ocurrió en un instante. Yo no sé los golpes que nos dimos unos a otros. El tintero de un pupitre salió por el aire y fue a caer a la mesa del maestro sobre el libro que nos estaba leyendo. Cuando entró de nuevo fue difícil disimular. Volvimos  todos a nuestros sitios tan rápidamente como pudimos pero allí estaba la mesa perdida de tinta y el libro completamente estropeado.

Bauti se adelantó al señor maestro y le dijo:
  - He sido yo.

El maestro no pareció oírle siquiera.
 - Vete a tu sitio -le ordenó-.

Después, con mucha calma, recogió la tinta mientras nos explicaba como si nada hubiera pasado.
 - Estamos en visperas de Navidad. No se si os dais cuenta de lo que esto significa. Dios vino a nacer en un establo para ser la salvación de todos los hombres y para que nos amáramos los unos a los otros. Un ángel se apareció a los pastores y les dijo:
- "Id a adorar juntos al Salvador que os ha nacido".

En el aire se oyó una voz que decía: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

El maestro hizo una pausa. Luego dijo:
  - Yo, por mi, he terminado la clase. Ahora cada uno de vosotros va a copiar trescientas veces estas palabras: "Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Nos miramos los unos a los otros. Y, en silencio, nos pusimos a escribir. Durante más de dos horas no se oyó en la clase más que el rasgueo de las plumas sobre el papel.

Cuando llegó la hora de la salida, el maestro dijo:
  - Ahora dadle todas las copias a Bauti y que las guarde hasta que yo se las pida.

 Y aquí vino el invento de Bauti. Por la tarde, en el recreo, repartió entre todos las copias que habíamos hecho por la mañana con la frase repetida trescientas veces.Trescientas por más de cuarenta que éramos los niños,¡ Hay que ver lo que salía!
Procuró que cada uno tuviera unas cuartillas que fueran las de otro. Y con unas tijeras fuer cortando tiritas y más tiritas con la misma frase escrita en cada una: "Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".
Después terminó de darles instrucciones y todos le prometimos obediencia y silencio absoluto.

En la víspera de Nochebuena los vecino de Campollano y los de Campoverde, apenas iniciado el día, empezaron a comprobar un extraño fenómeno que se repetía a cada paso que daban.
Cuando el tendero abrió el cierre de su establecimiento, en el suelo de la tienda, encontró un papelito que decía: "Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".
Y cuando fue a destapar el peso había otro papel igual en el dorado platillo de la balanza. Y otro en el saco de lentejas. Y otro rodeando la espita del aceite.
 Y el zapatero se encontró el letrerito clavado en la lezna. Y en la punta de cada zapato que iba a componer. Y pegado a la bola de pez. Y en cada uno de los tirantes del mandil.

Y el hortelano tenía su papelito en la azada. Y el campesino en el bieldo. Y el herrero tenía tres: en el mango del fuelle, en el yunque y en el martillo.

Y las mujeres de Campoverde, como las de Campollano, cuando fueron a destapar sus pucheros para poner la comida, se encontraron en el fondo de cada uno un letrerito que decía: "Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Y había papelitos iguales en el buzón de correos, y en la gorra del alguacil, y en las horquillas de las mozas, y en los cinturones de los mozos, y en las agujas de la calceta de las ancianas.

  - ¡Milagro, milagro! -gritaba una vieja enseñando su papelito-. ¡Esto es una señal del cielo!

¡Qué señal ni que ocho cuartos! -decía su hijo que era de Campoverde, mientras arrugaba en un bolsillo los papelitos que no quería enseñar-. Esto es una añagaza del cura para hacernos ir a la iglesia.

-¡Es letra de niño!
-¡ES  letra de ángel!
-¡Ha sido el cura!
-¡Ha sido el maestro!

Nos estaban dando las vacaciones en la escuela cuando oímos un rumor amenazador en la calle. Venían los hombres de Campoverde hacia la plaza. Y los de Campollano se habían unido también para salir a su encuentro. El maestro se dio cuenta enseguida de lo ocurrido y trató de explicar el misterio.

-Luego, ¿han sido los niños? -preguntaba alguien lleno de asombro-.
-¿Y ese era el milagro? -exclamaba otro-.

Pero en los rostros de todos los que protestaban comenzaron a dibujarse gestos de duda. No sabían ya si reír o enfadarse. Después se quedaron todos muy pensativos en medio de la plaza. En dos grupos, todavía separados. El cura y el maestro estaban en medio. En las ventanas de la clase todos los niños asomados.

Bauti salió de la escuela. Se acercó temblando pero decidido y le dijo al señor cura:
  -He sido yo.

El señor cura contestó:
  -No hijo, tampoco has sido tu esta vez.

Quizá el niño Dios que va a nacer esta noche y nos ha escrito a todos con vuestra letra. Él escribe derecho con renglones torcidos.
Los grupos se fueron acercando. Primero se hizo un silencio impresionante. Después algunas mujeres de Campollano empezaron a hablar con las de Campoverde. Luego un hombre habló a otros del pueblo contrario. al final unos se dieron la mano.

Aquella noche, los vecinos de Campollano comieron las mejores lombardas, las más floridas coliflores de las huertas de Campoverde. Los vecinos de Campoverde celebraron la Noche Santa tomando las más finas peladillas, los dátiles más dulces de las tiendas de Campollano.




JOSÉ GARCÍA NIETO
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