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Un salvador de vidas en el arroyo El Gato




 

Arrancó temprano con la bici para ir a buscar a su padre y dejarlo seguro en su casa. Después, agarró su kayak, ese con el que sale a remar todos los domingos, y se fue para el "fondo", ahí, a la orilla del arroyo El Gato, donde se levantan las casas más humildes de la zona y a las que la fuerza del agua más podía afectar. 
¿Cuánta gente rescató durante la noche del martes y la madrugada y mediodía del miércoles? 
Juan Pablo Ruiz Villoldo (45 años), sonríe, y dice que no tiene idea de cuánta gente fue. Sólo sabe que tuvo que cortar a las 14 del miércoles por la hipotermia. "Estaba hacía horas sin comer, muerto de frío y con las piernas negras".

Un palo de escoba para marcar el camino y evitar peligros en una mano, la otra tirando de la soga de un metro y medio. 
Los chicos arriba del kayak y los padres a los costados por si alguno de los pequeños perdía el equilibrio. "La correntada era tan fuerte que se armaban cascadas en las esquinas. Por momentos el agua me llegaba al cuello", cuenta Juan Pablo, que una vez rescatados los llevaba, con Jorge, un vecino que sumó otro kayak, hasta la delegación municipal que hay sobre la 7, o hasta el club de Ringuelet donde también recibían evacuados.

En las idas y venidas se topó con mucha gente que no quería dejar las casas: las mujeres y los niños aceptaban irse con él, pero los padres, generalmente, quedaban arriba de los techos de las casas para quedarse a cuidar los pocos bienes materiales que les quedaban.

"En un momento pregunté qué hora era y me dijeron que las 5.50. No podía creerlo", cuenta. Él no se considera un héroe. Dice que lo hizo porque cuando vivía en el barrio El Rincón, ahí en La Plata, estaba acostumbrado a que se inundara y a salir con el kayak a ayudar a la gente. Pero después de esta inundación no son pocos los que se acercan a ofrecerle plata -que él no acepta- e incluso comida por lo que él hizo por ellos.

Pero el momento que al recordarlo aún lo conmueve es cuando se le dio vuelta el kayak con una beba de un mes de vida y su madre de unos quince, ahí a su lado: "Yo tiraba de adelante y el ruido del agua era tan ensordecedor en las esquinas que no escuchaba nada. Fueron los que caminaban al costado que agarraron al bebe".

Y hubo otro también en que creyó que no salía. "No me daba el cuerpo y sólo tenía las piernas para hacer fuerza -relata-. Llevaba una nena de cinco años sobre los hombros. La correntada era muy fuerte. Y las piernas se me durmieron. Nunca me había pasado. 
Y ahí dije: «Dios ayudame » . Fue algo sobrenatural. Seguí adelante. Si no le pedía a Dios que me ayudara, esa vez no llegaba."

Por Fernando Massa



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